GÓTICO MEDITERRÁNEO
¡Presentamos nuevo ciclo veraniego en Filmoteca Española!
Eros y Thanatos bajo el sol
Sala 1 y Sala de verano, julio-agosto | Filmoteca Española
Volvemos a la carga con un ciclo exótico y veraniego. Descubre el Gótico Mediterráneo: giallos, terror, polar, arthouse… pero bien desparramado por los escenarios paradisíacos y refrescantes de nuestras costas.
A mediados del siglo pasado, las fuerzas del mal abandonaron las sombras y la humedad de los castillos centroeuropeos para extenderse bajo una luz que les permitía ampliar y actualizar su campo de batalla. En este nuevo contexto estival y chic, las mansiones polvorientas y las telarañas fueron sustituidas por villas de lujo, piscinas celestes, yates y horizontes deslumbrantes que, tras una imagen de postal, escondían jaulas de cristal donde la perversión, el deseo y la angustia existencial se fundían.
Los viejos tropos del cine gótico se iban de turismo, pero no se trataba solo de una mudanza geográfica o de un cambio de vestuario. Tomaba forma un subgénero con su propia metafísica meridional, apoyada en códigos renovados tan afines a las plazas vacías de Giorgio de Chirico como a las fotografías de Bernard Plossu o a las siestas de la cuchara de Dalí. La inquietud ya no partía de la oscuridad sino exactamente de lo contrario: una claridad excesiva que, en lugar de esclarecer, enturbia y provoca una especie de amnesia. Es este desvío —el sol como agente de extrañamiento y no de revelación— el que opera en todas las películas de este ciclo.
La etiqueta no es caprichosa: llega inspirada por el concepto de Gótico Tropical que Carlos Mayolo y Luis Ospina formularon en los setenta para catalogar un cine colombiano que hacía suyas las obsesiones del gótico clásico —el horror, la podredumbre, el deseo y la muerte— situándolas en el trópico húmedo en lugar de los parajes brumosos. En el Mediterráneo, el mecanismo es análogo pero el clima contiene otras peculiares características. El tiempo se estira y se vuelve lánguido, como el sol del verano que nunca termina y se torna amenaza. Las motivaciones de los personajes se enrarecen, perdiendo la claridad moral del gótico victoriano. Los roles de género se desestabilizan y abrazan una ambigüedad que se ya presume queer. La herencia y la memoria pierden su certeza: el pasado mediterráneo es tan antiguo, tan mitológico, que ya no aplasta sino que hipnotiza como un sueño que no se sabe del todo si es propio o compartido.
La piedra angular de todo esto es Méditerranée (Jean-Daniel Pollet, 1963), que funciona como un códice secreto para desentrañar el significado del sueño. Pollet nos invita a un viaje entre ruinas desérticas, banquetes de bodas griegas, corridas de toros, mareas que van y vienen. Una corriente subterránea que recorre toda la cuenca del Mare Nostrum con la belleza de una máscara mortuoria egipcia. Las costas mediterráneas, mitad sólidas mitad líquidas, invitan a partir de aquí a la mezcla de subgéneros: el thriller, el terror, la ciencia ficción, el polar francés, el giallo italiano, la serie B con el arte y ensayo, cruces imposibles con la bravura natural de un ser mitológico.
Arrancamos por donde arranca toda genealogía: con el vampiro, quizá la figura más emblemática del cine gótico tradicional. Drácula en Estambul (Mehmet Muhtar, 1953) es la más clásica en su forma, pero la más radical en su operación: traslada el mito de Transilvania a las calles y cementerios de Estambul, sustituyendo los elementos cristianos por el Corán. De ahí la figura vampírica muta en este ciclo hacia formas menos reconocibles pero igualmente letales. En La isla de la muerte (Mel Welles, 1967), rodada en la Costa Brava, el monstruo aristocrático es un botánico que cultiva plantas chupasangre. En Traitement de choc (1973), Alain Jessua lleva la lógica vampírica más allá: un balneario aséptico en la costa, con pacientes ricos y trabajadores inmigrantes que desaparecen uno a uno.
Del horror con filiación reconocible nos desplazaremos hacia intrigas sensuales inexplicables y misteriosas. La route de Salina (Georges Lautner, 1970) adquiere hechuras casi fantásticas: en un desierto rocoso y soleado, la llegada de un joven desencadena una turbadora tensión erótica con Mimsy Farmer y Rita Hayworth como protagonistas. El ojo del huracán (José María Forqué, 1971) opera en similares frecuencias pero con acento español: un giallo de alta costura que baña cada superficie en un resplandor que nos sugiere unas vacaciones eternas junto a Jean Sorel y Analía Gadé.
Con Jess Franco, este programa se vuelve más salvaje y primitivo. Su Eugénie de 1980, rodada en la Muralla Roja de Calpe, cita El sueño de Dalí y convierte la arquitectura en personaje: el laberinto rosa de Bofill, que promete el paraíso y encierra, planteando la metáfora más delirante del Gótico Mediterráneo. Franco es el auténtico maestro del subgénero, el que más consciente y sistemáticamente ha explorado esta metafísica playera y plagada de femmes fatales. En este lado salvaje juega también otro Frank (Hubert), el director austríaco de Desnuda ante el espejo (1978), que apoyándose en los cuerpos de Patricia Adriani y Bárbara Rey, no vacila al saltar del melodrama sexploit al cine de acción más macarra, casi quinqui.
La autodestrucción en el paraíso es el tema central de More (Barbet Schroeder, 1969). Al igual que Ícaro, el protagonista vuela demasiado cerca del sol de Ibiza, para encontrar su ruina a través de la heroína. Viajamos a otras islas, con su lógica de encierro sin muros visibles, con Iguana (1988) de Monte Hellman, que ofrece una variante exótica del subgénero. La desolación volcánica de Lanzarote sirve de escenario a una revisión del monstruo romántico, entre un fantasma de la ópera y una bestia enamorada de la belleza. Las localizaciones de Iguana nos sirven para confirmar que el Gótico Mediterráneo es en realidad un estado de ánimo, más que una estricta orientación geográfica.
Kinetta (Yorgos Lanthimos, 2005) cierra y a la vez abre este ciclo hacia otros tiempos. En un hotel turístico desolado fuera de temporada, tres personajes recrean escenas de crímenes sin motivaciones claras, obsesionados con la repetición y con la mentira de la representación. El Lanthimos anterior a su consagración internacional construye ya ese mundo de rituales incomprensibles donde el hombre contemporáneo ha perdido su identidad en medio de una realidad vacía de sentido. Es la demostración de que el Gótico Mediterráneo no fue un fenómeno circunscrito a los sesenta y setenta: es una sensibilidad que el cine sigue destilando cada vez que alguien sitúa el horror donde el horror no debería poder ocurrir, bajo un cielo despejado, a la vista de todos.
PROGRAMA DE JULIO:
La sesión inaugural del jueves 2 incluye presentación de servidor. (*) El jueves 30 se pondrá EUGENIE, HISTORIA DE UNA PERVERSIÓN de Jess Franco, pero en la versión de 1980.










Bravisimo!
Que guay el ciclo, a ver si puedo pasarme algún día. ¿Crees que entraría en el concepto de Gótico mediterráneo la película Ensalada Baudelaire? La recuerdo con un ritmo lánguido como de siesta larga hasta la(s) revelación(es) final(es).