GÓTICO MEDITERRÁNEO #4
Llegamos al ecuador del ciclo con uno de los títulos más míticos
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Viernes 24 de julio, 22h Sala de verano | Filmoteca Española
Arranca la película y lo primero que nos regala Barbet Schroeder es una serie de planos directos al sol. La cámara de Néstor Almendros apunta hacia el astro hasta que la imagen se abstrae, se quema, se vuelve blanco puro. Es un tropo típico y una declaración de intenciones para el tema de este ciclo: si el gótico clásico nos escondía la verdad entre sombras, aquí el exceso de luz hace exactamente el mismo trabajo.
I wanted to burn all the bridges, all the formulas, and if I got burned that was OK too. I wanted to be warm, I wanted the sun, and went after it.
Esta frase la dice el protagonista (Klaus Grunberg), pero podría servir de eslogan del Gótico Mediterráneo como subgénero. Si incluimos aquí More no es tanto por su argumento —bastante sencillito— como por lo mucho que influyó en la estética del giallo italiano que empezaba a madurar en 1969, y en todo el cine que se pretendía juvenil y moderno del momento. El debut de Schroeder fue un éxito en toda Europa y una de esas raras películas de culto instantáneo, sobre todo entre la chavalería. Las claves fueron varias: un erotismo fresco y naturista (una especie de nudie a la europea), la música de Pink Floyd cuando todavía se llamaban The Pink Floyd y, más que nada, por ser una especie de manual de las drogas que hablaba el lenguaje de los aficionados y no el de los estamentos de poder.
También es la película que nos mostró esa Ibiza salvaje y virgen que ahora solo existe en la tradición oral, antes de que se convirtiera en el paraíso discotequero que conocemos. Lo curioso y muy paradójico es que cuando por fin se pudo estrenar More en España —ocho años después, cosas de la censura— aquel edén casi mitológico ya estaba desapareciendo, dejando sitio a los no menos legendarios Pacha, Amnesia o Ku. El rock psicodélico fue mutando hacia el sonido balearic, aunque en aquellos años 70 mantenía todavía sus raíces progresivas y folk.
Los que llegaron a tiempo fueron los alemanes. Entre ellos, la madre de Barbet Schroeder, que compró la casa donde se rodó la película allá por 1951. Ahí pasó Barbet su adolescencia y ahí tuvo también sus primeras experiencias sexuales. El romance que cuenta More está inspirado en uno de aquellos amores de juventud, una chica que habría probado la heroína y quería que él también la probase. More es, en el fondo, una película tremendamente autobiográfica: su familia vivía igual que Tom y Estelle cuando llegan a la isla: back to the basics, pesca, cortar leña, y nudismo al sol. Y, cómo no, tenían hasta al típico vecino nazi exiliado (condenado a muerte en un juicio in absentia) con quien compartían —según Schroeder— un “miedo recíproco a ser descubiertos, una extraña y curiosa situación”.
Habría que añadir otra capa autobiográfica, esta ya puramente casual, que trajo consigo Mimsy Farmer, que interpreta a Estelle. Nacida en Chicago, pasa una temporada en televisión y en series B de Roger Corman, se cansa del postureo de Hollywood y se va a trabajar a una clínica de desintoxicación en Canadá, donde tiene que convivir con gente puesta hasta arriba de LSD. Cuando aquello empezó a ser peligroso para ella, se vino a Europa a retomar su carrera y enseguida se convirtió en actriz de culto en coproducciones italianas y musa del Gótico Mediterráneo. La ficción y la vida real, otra vez, mirándose de reojo.
La investigadora Kier La-Janisse incluyó a Mimsy Farmer en su sensacional libro House of Psychotic Women, calificándola de “copia euro-trash de Mia Farrow”, que suena fatal e injusto, pero lo podemos pillar. Como ocurría en La route de Salina, ella sola que mantiene sobre sus hombros todo el magnetismo y la ambiguedad de la película. Apenas sabemos nada de su personaje, pero nos enganchamos rápidamente a su desidia supercool y a sus movimientos felinos y perezosos. Es evidente el idilio que la cámara de Néstor y la direción de Barbet tienen con ella. Lo que hoy definitivamente ya no cuela es que una diosa como Mimsy se interese por un nazi grasiento y por un alemán aburridísimo y tóxico como Tom. Y es que si miramos hoy fijamente hacia More —como los “adoradores del sol de Calcuta”— corremos el riesgo de quedarnos ya no ciegos, sino cipotudos.
Decía Schroeder que, a pesar de ser considerada una película generacional que retrató como ninguna su espíritu, “para mí es una tragedia atemporal de una femme-fatale con look nuevo”. Y precisamente esto es lo que ha envejecido peor de More. Una de las peculiaridades del Gótico Mediterráneo es que son las mujeres las que toman el poder y la iniciativa frente a los hombres del gótico tradicional, pero no podemos obviar que esa representación constante de femme-fatale respondía también a la inquietud que despertó en una parte de la sociedad que la mujer se hubiera revolucionado y liberado. Al igual que Barbet quiso retener y enderezar a aquella primera joven amada, Tom el aburrido y Ernest el nazi quieren controlar y manejar a Estelle a su antojo, cuando ella estaría mucho más a gustito con su amiga heroinómana, retozando tras la mosquitera todo el día. Hoy salta a la vista que ella no es peligrosa ni fatal, lo son ellos.
Segundo pase de More en agosto y próximamente en estas pantallas: Eugenie (1980) de Jess Franco, en una copia exclusiva en 35 mm que difícilmente vais a volver a ver.
PROGRAMA DE JULIO:
(*) El jueves 30 se pondrá EUGENIE (Historia de una perversión) de Jess Franco, pero en la versión de 1980.










