GÓTICO MEDITERRÁNEO #6
Jess Franco, maestro del Gótico Mediterráneo, con una de las más raras
Eugenie (Historia de una perversión)
Jueves 30 de julio, 18h Sala 1 | Filmoteca Española
Ya he contado que toda esta idea del Gótico Mediterráneo surgió al analizar la filmografía de Jess Franco para mi tesis doctoral. Necesitaba un término con el que caracterizar su personal estilo —su legado más importante— y vinieron en mi ayuda Carlos Mayolo, Luis Ospina (padres del Gótico Tropical) y, por otro lado, una exposición del fotógrafo francés Bernard Plossu en el Jardín Botánico titulada “La hora inmóvil, una metafísica del Mediterráneo” (2016). De ese cruce de referencias nació el concepto del Gótico Mediterráneo, aplicado al cine de Franco y al de toda una época. La idea evolucionó luego en una lista de Letterboxd (2016) y de ahí a este ciclo, diez años después. Curiosamente, ahora mismo en el Museo del Prado hay una exposición con este nombre: “A la manera de Italia. España y el gótico mediterráneo (1320-1420)”, dedicada a las conexiones entre la pintura gótica de Italia y España en la Baja Edad Media. Ninguna relación con el cine, claro, salvo el intercambio cultural con Italia que también se produjo con las películas de este subgénero.
Jess Franco se dedicó a explorar este universo decadente e inquietante desde uno de sus primeros trabajos: Las playas vacías (1960), un corto documental sobre La Concha de San Sebastián fuera de temporada. El horizonte del mar y las costas desoladas se convirtieron en paisajes recurrentes desde su primer largometraje. Enseguida descubrió localizaciones insólitas de la costa levantina, desde Mojácar y La Manga del Mar Menor hasta Calpe, probablemente guiado por su amigo valenciano Luis García Berlanga. Allí desarrolló toda su estética gótico-mediterránea, que luego exportaría a Las Palmas de Gran Canaria y a Málaga. Esta insistencia, unida a su legendaria productividad, le permitieron ser todo un maestro del Gótico Mediterráneo, con permiso de otros como Amando de Ossorio, Joe D’Amato, Jean Rollin o Alain Robbe-Grillet, que también le sacaron mucho partido.
Podemos decir que en el verano de 1980, cuando rueda en Calpe Eugenie (Historia de una perversión), Franco había pasado décadas perfeccionando y destilando su estética, llevándola a un paroxismo que es a la vez exaltado y esencial, tan puro como precursor de una experimentación formal que ocurrirá más tarde en su etapa digital. No es por tanto una película fácil —nada recomendable para iniciarse en el universo franquiano— pero sí una obra mayor, fundamental, que tristemente no se ha podido ver en buenas condiciones desde un discreto estreno en los cines “S” de la época. Cuestiones legales impiden su comercialización en buena parte del mundo, por lo que solo hemos tenido acceso a copias pirata de VHS (véanse capturas del post). Hasta la proyección de esta copia en 35mm de los Archivos de Filmoteca Española, una ocasión única y difícilmente repetible, tal y como están las cosas.
Eugenie (Katja Bienert) es la hija de un matrimonio de clase alta, los Bressac (Tony Skyos y Eveline Bienert —la madre real de Katja). Ambos coinciden en un extraño resort con Alberto y Alba de Rosa (Antonio Mayans y Mabel Escaño), pareja de hermanos aristocráticos e incestuosos que se reúnen tras el ingreso de Alba en una clínica psiquiátrica. Alberto le confiesa a Alba su obsesión por Eugenie, para luego conspirar contra los Bressac y quedarse a solas con la joven. Eliminados los padres, Alberto y Alba, junto con su esclava Sultana —inolvidable Lina Romay perruna— tendrán vía libre para pervertir a su antojo a esta nueva víctima.
Una vez más, Jess Franco recicla y adapta temas y personajes de Sade y de su propia filmografía, retorciendo un poco más la complejidad de su universo. En una entrevista, Franco se quejaba de que titularon a esta “Eugenie” contra su voluntad, por darle tirón comercial y aprovechar a Katja Bienert; prefería “Historia de una perversión”, a secas. Para él, Eugenie es la protagonista sadiana víctima de la perversión de La filosofía en el tocador, pero esta historia iba por otro lado. En Alemania la película se llamó Lolita am Scheideweg (“Lolita en la encrucijada”, muy eufemísticos, ellos), pero Lolita era como llamaban a la hermana de Jess, así que descartado también. Quizá el director quiso llamarla Justine, como la inocente incorruptible de Justine o los infortunios de la virtud, que también se veía metida en una trama para asesinar a la madre del Conde de Bressac. Algo que más o menos ocurre aquí, pero con los hermanos de Rosa. Un lío, vamos.
Lo que sí se confirma es que las mejores adaptaciones de Sade con Jess Franco son siempre sus producciones más pequeñas e independientes. Le quedaron muy vistosas y exuberantes Eugenie… Story of her journey into perversion (1969) y Justine (1968), pero las que consiguieron resucitar el espíritu insolente del Marqués fueron otras como Eugenie de Sade (1970) con Soledad Miranda, Plaisir à trois (1973), Cocktail spécial (1978) o, ya con Lina Romay, Gemidos de placer, Sinfonía erótica o esta Historia de una perversión, una de las más logradas para mi gusto.
El tono de la película se aleja del lujo victoriano de la versión de 1969 (protagonizada por Christopher Lee) para abrazar el expresionismo mediterráneo. La de 1980 es una obra hipnótica, onírica y etérea, con un ritmo diseñado para exacerbar —e irritar— los sentidos del espectador. A pesar de los elementos oscuros de sadismo, fetichismo y bondage, Franco la salpicó de notas de humor discordante, subrayando la ironía, casi una autoparodia, que desactiva la crudeza criminal con diálogos cachondos, chistes meta, peluches y una mezcla imposible de músicas compuestas por él y Daniel J. White: ragtime, samba, blues, flamenco, psicodelia… Eso es comprender a Sade por dentro y por fuera, en la “erótica y la retórica”, que diría Barthes.
Visualmente, la película es inseparable de la arquitectura constructivista de Ricardo Bofill en la urbanización La Manzanera (Calpe), un acceso que el arquitecto autorizó personalmente por su amistad con el tío Jess. Estos edificios —hoy “virales” en redes sociales— facilitaron composiciones geométricas y muy artificiales que aumentan la sensación de extrañeza que tiene toda la película, como si estuviera fuera del tiempo y el espacio conocidos. Otra herencia típicamente sadiana, los espejos en interiores, fragmentan y multiplican a la vez la imagen y la perversión de Eugenie, en una descomposición de planos que algunos críticos han calificado como cubistas.
Toda esta lógica onírica resulta también muy mediterránea, como bien sabía Dalí, a quien Franco cita en un momento clave con un inserto de “El sueño”. Esa secuencia, con Eugenie bajo los efectos de las drogas, abandona el modo de representación convencional para acercarse al experimental, con un manejo de los encuadres, el tiempo y el sonido muy radicales. Los tiempos se alargan más de lo necesario, el sonido se distorsiona y la cámara hace zoom sobre cuerpos y orificios, creando experiencias que hoy llamarían hápticas o ASMR.
Siempre me he preguntado qué pensaría el público habitual de los cines clasificados “S” cuando se encontraban con delirios de este calibre. En esta sesión vamos por fin a comprobarlo. Tener la oportunidad de ver esto en pantalla grande, con calidad y color de 35mm, promete ser una experiencia única, un tardeo pleno de metafísica mediterránea y perversa.
Segundo pase de Eugenie (Historia de una perversión) el 18 de agosto.
PROGRAMA DE AGOSTO:












